Arenas de San Pedro, capital por antonomasia de Gredos, particularmente de su macizo central, es decir, la zona más característica de esta Sierra, se encuentra en la confluencia de cuatro vallejos que se forman entre sendos contrafuertes que lanza la divisoria principal con dirección genérica NW-SE. Son éstos, de E a W, el del río Arenal, el del río de Cantos, el de Riocuevas y el del río Pelayo.
El vallecito del río Arenal, principal curso fluvial de toda la comarca, está delimitado, al N, por el tramo de la cordillera principal que va desde el Risco de las Morrillas (1.918 m) hasta el Mojón de Tres Cruces (2.164 m), y que tiene sus cotas más notables en el collado de la Sillita (1.899 m), Peña de Arenas (1.951 m), puerto del Arenal (1.830 m), los Cervunáles (1.921 metros), el Bujero, Canal del Bujero, Risco de la Cabrilla (1.989 m) y puerto de la Cabrilla (1948 m). Al E lo deslinda del Barranco el cordal a que nos hemos referido en el capítulo anterior y al W la Cuerda del Collado de la Vuelta, que se desprende del Mojón de Tres Cruces. Ocupa el fondo del valle del pintoresco pueblo de El Arenal en medio de un frondoso paraje en que conviven pinos, castaños y cerezos, entre los que se alzan sus sabrosas construcciones montañesas. Está comunicado por carretera con el puerto del Pico, Mombeltrán y Arenas de San Pedro, y de él parte un camino de montaña que, por el puerto de la Cabrilla, pasa a la vertiente septentrional y conduce hasta el Parador de Gredos.

Más abrupto es el vallecito del río de Cantos, delimitado por la Cuerda del Collado de la Vuelta, al E; la Cuerda de la Huesca y la Loma de la Majadilla, al W, y el cordal principal, al N, entre el Mojón de las Tres Cruces y el Espaldar de los Galayos. Se destacan en este segmento la maciza Peña del Mediodía (2.224 m), el puerto del Peón (2.035 m), la Tarayuela (2.110 m), el Cambioma y Los Pelaos (2.272 m), en el punto de convergencia de los Galayos con la Mira. En la parte baja del valle, a orillas del río de Cantos, poco antes de su confluencia con el Arenal, está El Hornillo (746 m), acurrucado entre extensos pinares y castaños y patria chica de grandes cazadores de monteses y guardas del Coto.

Debido a la abundancia de pinares que conserva esta zona de Ávila, es punto de arranque de numerosas carreteras y pistas forestales construidas por ICONA y que permiten un fácil recorrido de esta parte de la Sierra de Gredos. Así la que conduce al encantador Prado de Mingo Fernando, hasta donde bajan las monteses en primavera, con ocasión de las grandes nevadas, y punto de partida de las sendas que suben al puerto del Peón Alto y al Bajero, así como a los Galayos, por Puerta Falsa, muy utilizada en épocas pasadas y que habría que revitalizar. De esta pista se bifurca la de la Cebadilla, que llega hasta el pie de la Peña del Mediodía y del Mojón de Tres Cruces, y al final de la cual ICONA ha construido un refugio de montaña. De muy grato recorrido también, por los preciosos paisajes que brindan a cada paso, son las llamadas de «Charco Verde», del «Collado de la Casa», la de «Canto Encaramado» y la que conduce hasta Guisando por Frontón del Arroyo.

Adyacente al anterior es el minúsculo valle, o garganta más bien, de Río-cuevas, comprendido entre la Cuerda de la Huesca, al E, y el Espaldar de los Galayos y su prolongación por las Berroqueras (1.649 m), la Cabeza del Covacho (1.643 m) y la Cuba (1.282 metros), al W. En esta garganta se encuentra la poco conocida, aunque preciosa, cascada llamada Chorreras de Ríocueva. Hasta aproximadamente la mitad de este vallecito sube la pista forestal de «El Joyuelo» que parte de Guisando.

 

Al pie de La Mira (2.343 m) se desarrolla, por fin, el último de los vallecitos mencionados: el del río Pelayo, flanqueado por la cuerda prolongación de los Galayos, al E, y por la Cuerda del Amealito, al W, en la que se destacan la portilla de la Galguera (2.133 metros), El Raso (2.188 m), el risco de Arbillas y la Cuerda de la Sillita. En la parte baja de esta garganta, en la ladera SW de la Cabeza del Covacho y en un precioso paraje presidido por la solemne silueta de La Mira, se aprieta el caserío de uno de los pueblos más bellos de Ávila, más celebrados, y con razón, y más veces reproducido de todo Gredos: Guisando (766 m).

Sus tejados rosáceos y las preciosas chimeneas que los rematan son todo un poema, observados desde cualesquiera de las carreteras y pistas que rodean la población. Y raro es el que carece de su correspondiente nido de cigüeñas. El caserío está partido en dos por el cauce abarrancado de un arroyo. El recorrido despacioso de sus calles y múltiples rincones es una verdadera delicia. Como lo es echar unas parrafadas con Macario Blázquez, el único guía de alta montaña de Gredos, siempre acerca de «su» sierra, por supuesto.
Algo más arriba de Guisando está el «camping» «Los Galayos», que, dado su privilegiado emplazamiento, suele estar abarrotado todos los veranos. De esta punto de Ávila parte una flamante carretera forestal con varias ramificaciones y perfectamente acondicionada por ICONA, que permite recorrer este valle, así como la vecina Garganta de Arbillas.
Junto a la confluencia del río del Arenal y del Ríocuevas, con el fondo de las imponentes moles de La Mira y el Galayar, rodeada casi por todas partes de oscuros pinares, está situada la que en otras ocasiones hemos denominado la «capital de Gredos»,

 

Arenas de San Pedro, la ciudad, según reza su escudo de armas, «siempre incendiada y siempre fiel». Hay testimonios, como monedas romanas, visigodas y árabes, que hablan en favor de su gran antigüedad. Pero poco se sabe de tales períodos. Consta, en cambio, que en el siglo XII se llamaba Los Llanos, para pasar luego a denominarse Arenas de las Ferrerías de Ávila, así como que, en 1393, Enrique III le otorgaba el título de villa al tiempo que se la entregaba en señorío al condestable don Ruy López Dávalos. Por su parte, Juan II la entregó al segundo conde de Benavente, en 1425, quien a su vez la constituyó como dote de su hija dona Juana de Pimentel cuando se casó con don Álvaro de Luna, viudo de su primera mujer. En 1500 pasó el señorío a don Diego Hurtado de Mendoza y Luna, duque del Infantado, y a esta casa nobiliaria permaneció unida hasta el siglo XIX. Durante la guerra de la Independencia fue incendiada y saqueada por las tropas napoleónicas, perdiéndose gran parte de su patrimonio artístico. Finalmente, en 1946, se le concedió el título de ciudad y ya anteriormente era cabeza del partido judicial de su nombre. Durante siglos fueron las mentadas herrerías, con hornos distribuidos por todo el valle, la base de su prosperidad. En la actualidad, y aparte las funciones administrativas y el turismo rural, la constituye la agricultura.

A pesar de las destrucciones, aún cuenta Arenas con un escogido tesoro monumental, que completa sus valores paisajísticos y hace muy atractiva su visita. Quizá el más representativo sea el castillo, llamado de «la Triste Condesa» por haber pasado en él su viudedad doña Juana de Pimentel después de que fuera ejecutado su marido y desposeídos sus herederos de la enorme cantidad de prebendas que le había otorgado el rey y las que había conseguido por su cuenta. Data de la época del condestable López Dávalos, pero no se concluyó hasta 1423, y pertenecía a la línea defensiva de la Baja Extremadura, junto con los de Mombeltrán, Candeleda, La Adrada y Escalona. Este castillo, muy bien conservado exteriormente, es de planta cuadrada, con torreones circulares en las esquinas y otros cuadrados en el centro de los lienzos. En la parte central del oriental se levanta la imponente torre del homenaje, de planta rectangular muy alargada y que consta de cuatro pisos, en los que se abren varios ventanales ajimezados y en cuyas cuatro caras se destacan fuertes matacanes. En él se celebró el matrimonio de la hija de don Álvaro de Luna, doña María, con don Iñigo López de Mendoza, II duque del Infantado, y el 9 de marzo de 1461 nacería, también aquí, el que más tarde sería el 111 duque. Esta fortaleza se mantuvo en uso hasta la guerra de la Independencia, pasando luego, como tantos congéneres, a desempeñar funciones de cárcel, cementerio y almacén hasta su reciente, aunque parcial, restauración. En la amplia plaza que se extiende ante él se ha levantado hace poco una estilizada y moderna estatua del patrón de los arenenses, San Pedro de Alcántara.
Al otro lado del castillo hay un puente medieval (s. XIV) sobre el río Arenal, muy bien conservado y paralelo al actual, y cercano a él se alza la esbelta Cruz del Mentidero, uno de los cruceros más notables de Ávila y de toda Castilla.
Tampoco carece de interés la iglesia arciprestal, gótica de finales del siglo XIV, con tres amplias naves cubiertas con bóvedas nerviadas y una poderosa torre de aire herreriano (siglo XVI) adosada al muro meridional. En su interior hay varias obras de mérito artístico, como un púlpito gótico, una buena custodia plateresca, trece cantorales de los siglos XVI a XVIII y un Crucificado del siglo XIV.

De interés más histórico que artístico es el palacio del infante don Luis Antonio de Borbón, en el que fijó su residencia, desde 1778 hasta 1785 en que murió, cuando fue alejado de la Corte por su hermano Carlos III por haber contraído matrimonio morganático con María Teresa de Ballábriga, después de haber sido cadernal. Aquí estuvo a su servicio el gran violonchelista y compositor Luigi Boccherini, y también pasó algunas temporadas don Francisco de Goya, quien pintó catorce cuadros para el infante, que posteriormente se trasladaron al palacio de Boadilla del Monte. Terminó las obras y la decoración de este palacio Ventura Rodríguez. Hoy, lo más notable que conserva es su neoclásica portada y la monumental escalera de honor. Se ha comparado, por su estructura, con el Palacio de Oriente de Madrid, del que sería una réplica a escala reducida.
El propio Ventura Rodríguez trazaría también, en 1755, por orden de Carlos III, la capilla de San Pedro de Alcántara en el antiguo monasterio de San Andrés del Monte, para dar cobijo a los restos de este gran asceta franciscano, fallecido en Arenas en 1562. Este templo, fastuosamente decorado (tiene categoría de monumento nacional), está inspirado en la capilla del Palacio de Oriente y se alza en un frondoso y encantador paraje, tres kilómetros al NE de la ciudad. A este Santuario acuden en romería cada 15 de octubre multitudes venidas de toda la comarca abulense y cacereña en cabalgaduras enjaezadas casi a la andaluza (no se olvide que estamos en «la Andalucía de Ávila»), con las muchachas sentadas a la grupa.

Como si fuese poco lo ya citado, tanto en el aspecto paisajístico como en el monumental, Arenas ha venido a convertirse en punto de atracción turística de primer orden a raíz del descubrimiento, el 23 de diciembre de 1963, de la Cueva del Águila o de Romperropas, 4 km al SW del anejo de Ramacastanas y a 9 km de Arenas. Entre su belleza intrínseca y su  relativa proximidad a Madrid (menos de dos horas por carretera) este paraje de Ávila se ha convertido en la caverna más visitada de toda España, viéndose inundada por verdaderas multitudes los fines de semana y durante todo el verano. Se ha acondicionado para su visita con más de 500 escalones, 600 m de pasarela de cemento y una cuidada iluminación eléctrica. La cavidad tiene una superficie de 18.900 m y un recorrido de galerías de unos 1.500 metros. Entre sus bellas y caprichosas  formaciones estalactíticas cabe destacar las denominadas «Virgen del Pilar», «Pórtico de la Gloria», «El Nacimiento», «El Ramo de Azahar», etc. Los cinco guías que la enseñan son precisamente los descubridores de este interesantísimo fenómeno natural, tanto más extraño cuanto que se trata de un dique calizo en una comarca eminentemente granítica.